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«Elling. Hermanos de sangre», por Ingvar Ambjørnsen. Nórdica Libros.

15/10/2012

—Libro recomendado de la semana—

Me mareé. Me dirigí tambaleante a la cocina y garabateé el poema sobre una vieja lista de la compra. Después me quedé parado, temblando, y entonces llegaron las lágrimas. Un llanto benigno y apacible. Había cometido poesía. Desazonado, me puse a dar vueltas por el salón, mientras leía una y otra vez el poema a media voz. Y cada vez me quedaba más claro que era genial, un puro regalo de Dios. ¿Habría otros allí de donde venía? Casi no me atrevía a albergar esa esperanza. Es cierto que de tanto en tanto había soñado con ser escritor, en mis fantasías me había visto como una especie de cacique de la poesía del siglo pasado, pero sobre todo me había atraído eso de ser escritor. Aunque aparte de algunas anotaciones personales sueltas, y una serie de audaces cartas al director, nunca había llegado muy lejos con la pluma. La poesía nunca me había interesado ostensiblemente, pero la cosa era que ahora había venido a mí. El aliento de algo que era yo mismo, pero al mismo tiempo mayor que yo. Una consecuencia del milagro humano. Lo que nadie es capaz de describir, lo que quizá no debe ser descrito. Me preparé una tetera y volví al sillón. Los gatos seguían dormidos sobre el jersey de Kjell Bjarne y yo me quedé sentado contemplando mis manos, que sostenían la taza, mis pies en las viejas zapatillas en el marco de la ventana con la begonia de invierno muerta. Todo seguía como antes, pero aun así… En aquella habitación acababa de tener lugar una revolución. Veía toda mi vida, todas mis dificultades, todo el dolor, bajo una luz completamente nueva y distinta. Llevaba casi cuarenta años deambulando por esta tierra, ¡sin entender que lo que era, era poeta! ¿Acaso era de extrañar que por el camino hubieran surgido algunos malentendidos, cuando la poesía, mi propia lengua, había permanecido ignorada en mi interior? Cerré los ojos y comencé a pescar en mi interior en busca de más frases buenas, pero no encontré nada. Debo de haberme quedado dormido, porque lo siguiente que recuerdo es ver a Kjell Bjarne ante mí, bostezando como un hipopótamo, mientras se rascaba la espalda. Yo estaba cansado, casi al borde del desmayo, pero aun así no pude reprimir mi curiosidad. Exigí un informe.

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Fragmento de la novela «Elling. Hermanos de sangre», por Ingvar Ambjørnsen. (Nórdica Libros)

 

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