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«Sostiene Pereira», por Antonio Tabucchi. Anagrama.

20/08/2012

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A la mañana siguiente Pereira se levantó muy temprano, sostiene, y fue a buscar al padre Antonio. Le encontró en la sacristía de la iglesia, mientras se quitaba los ornamentos sacros. Hacía mucho fresco en la sacristía, en la pared colgaban cuadros devotos y exvotos. Buenos días, padre Antonio, dijo Pereira, aquí me tiene. Pereira, balbuceó el padre Antonio, cuánto tiempo sin verte, ¿dónde te habías metido? Estuve en Parede, se justificó Pereira, he pasado una semana en Parede. ¿En Parede?, exclamó el padre Antonio, ¿y qué hacías tú en Parede? He estado en una clínica talasoterápica, respondió Pereira, tomando baños de algas y curas naturales. El padre Antonio le pidió que le ayudara a quitarse la estola y le dijo: Qué cosas se te ocurren. He adelgazado cuatro kilos, añadió Pereira, y he conocido a un médico que me ha contado una interesante teoría sobre el alma. ¿Has venido por eso?, preguntó el padre Antonio. En parte, admitió Pereira, pero también quería hablar de otras cosas. Habla entonces, dijo el padre Antonio. Verá, comenzó Pereira, es una teoría de dos filósofos franceses que también son psicólogos, sostienen que no tenemos sólo un alma, sino una confederación de almas que está dirigida por un yo hegemónico, y cada cierto tiempo ese yo hegemónico cambia, de manera que alcanzamos una norma, pero no es una norma estable, es una norma variable. Escúchame bien, Pereira, dijo el padre Antonio, yo soy un franciscano, soy una persona sencilla, pero me parece que te estás volviendo un hereje, el alma humana es única e indivisible, nos la ha dado Dios. Sí, replicó Pereira, pero si en lugar de alma, como dicen los filósofos franceses, ponemos la palabra personalidad, entonces ya no hay herejía, estoy convencido de que no tenemos una única personalidad, tenemos muchas personalidades que conviven bajo la dirección de un yo hegemónico. Me parece una teoría capciosa y peligrosa, objetó el padre Antonio, la personalidad depende del alma, y el alma es única e indivisible, tus palabras huelen a herejía. Sin embargo yo me siento distinto desde hace algunos meses, confesó Pereira, pienso cosas que nunca habría pensado, hago cosas que nunca habría hecho. Te habrá pasado algo, dijo el padre Antonio. He conocido a dos personas, dijo Pereira, un chico y una chica, y quizá he cambiado al conocerlos. Eso suele ocurrir, dijo el padre Antonio, las personas nos influyen, suele ocurrir. No sé cómo pueden influirme, dijo Pereira, son dos pobres románticos sin futuro, en todo caso tendría que influirles yo a ellos, yo les ayudo, es más, al chico prácticamente le mantengo yo, no hago más que darle dinero de mi bolsillo, le he contratado como ayudante, pero no me escribe ni un solo artículo que sea publicable, escúcheme, padre Antonio, ¿cree que me vendría bien confesarme? ¿Has cometido pecados contra la carne?, preguntó el padre Antonio. La única carne que conozco es la que llevo encima, respondió Pereira. Pues entonces escucha, Pereira, concluyó el padre Antonio, no me hagas perder el tiempo, porque para confesar tengo que concentrarme y no quiero cansarme, dentro de un rato tengo que ir a visitar a mis enfermos, hablemos de cualquier cosa, de tus cosas en general, pero no bajo confesión, sino como amigos.

Fragmento de la novela «Sostiene Pereira», de Antonio Tabucchi. Edición publicada por Anagrama en su colección Otra vuelta de tuerca.

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