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«El abuelo que saltó por la ventana y se largó», por Jonas Jonasson. Salamandra.

13/08/2012

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Al parecer, el joven no quería separarse de su enorme maleta gris con ruedas, pero el lavabo era demasiado pequeño para albergar a ambos. Observándolo, Allan comprendió que tendría que entrar sin la maleta, o bien meterla dentro y quedarse él fuera.
Sin embargo, ése fue todo el interés que mostró por los problemas de aquel joven. Bastante tenía ya con ir arrastrando los pies lo mejor que podía para acercarse, pasito a pasito, a la ventanilla y preguntarle al empleado si había algún medio de transporte que saliera hacia algún lugar dentro de los próximos minutos y, de ser así, cuánto costaba el billete. […]
El homenajeado se sonrió mientras con el rabillo del ojo veía acercarse a alguien. Era el joven esmirriado de pelo rubio, largo y grasiento, barba hirsuta y la cazadora vaquera con el «Never Again» en la espalda. Se dirigía directamente hacia él, tirando de su enorme maleta con ruedas. Allan comprendió al punto que corría un gran riesgo de tener que hablar con aquel pelanas, pero en el fondo no le vendría mal, supuso, pues le serviría para formarse una idea sobre las preocupaciones e inquietudes de la juventud actual.
Y, en efecto, se produjo un diálogo, aunque no de altos vuelos. El joven se detuvo a un metro de Allan, pareció estudiarlo un instante y dijo:
—Eh, tío, ¿qué pasa?
Allan también le dio amablemente las buenas tardes y preguntó si podía ayudarlo en algo. Podía. El joven quería que Allan le echase un ojo a la maleta mientras él hacía sus necesidades en el servicio. O, como explicó:
—Tengo que cagar.
Allan repuso educadamente que, aunque estaba hecho un cascajo, aún conservaba bien la vista y no le supondría molestia alguna vigilarle la maleta. Sin embargo, le advirtió que se diera prisa, porque dentro de nada tenía que coger un autobús.
Cabe suponer que el joven no oyó esto último, ya que salió corriendo hacia el lavabo antes de que Allan hubiese terminado la frase.
El anciano no solía exasperarse con la gente, hubiera o no motivo para ello, y en esta ocasión tampoco lo incomodó la grosería del joven. No obstante, huelga mencionar que tampoco le inspiró una simpatía especial, lo cual tuvo suma relevancia en lo que sucedería a continuación.
Que fue que el coche de línea 202 paró delante de la entrada escasos segundos después de que el melenas se encerrara en el aseo. Allan miró el autobús y luego la maleta, después de nuevo el autobús y otra vez la maleta.
Tiene ruedas, se dijo. Y un asa para llevarla.
Y entonces se sorprendió tomando lo que se podría calificar como la decisión que le cambiaría la vida.

Fragmento de la novela «El abuelo que saltó por la ventana y se largó», de Jonas Jonasson. Salamandra.

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