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«Ébano», por Ryszard Kapuściński, Anagrama.

23/07/2012

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SALIM

De repente, en medio de la oscuridad vi dos ojos muy grandes e incandescentes. Estaban lejos pero se movían de una manera desaforada, como si perteneciesen a un animal que se agitaba, intranquilo, en la jaula de la noche. Yo estaba sentado sobre una piedra, en el límite del oasis de Ouadane, Sáhara, Mauritania, al nordeste de la capital de este país, Nouakchott. Llevaba una semana intentando salir de allí: en vano. Ya es difícil llegar hasta Ouadane, pero salir todavía lo es más. No lleva hasta allí ningún camino trazado de tierra allanada ni tampoco existe un medio de transporte fijo. Una vez cada varios días, o semanas, pasa por allí algún que otro camión, y si el chófer se aviene a llevarnos, podremos irnos, y si no, seguiremos clavados allí, esperando otra oportunidad, que no se sabe cuándo se volverá a presentar.
Los árabes que se sentaban junto a mí se movieron. Empezaba a caer el frío de la noche, que aquí aparece de repente y, después del infierno de un día de sol, nos penetra hasta causarnos dolor. No existe abrigo de piel ni edredón capaz de protegernos de este frío. Y ellos no tenían más que unas gualdrapas viejas y hechas jirones, y envueltos en ellas herméticamente, estaban allí inmóviles como estatuas.
En las proximidades, de la tierra salía un tubo negro, acabado en un mecanismo de bomba aspirante-impelente, oxidado y cubierto de sal. Era la única gasolinera en aquellos parajes, y si pasaba por las cercanías algún vehículo tenía que detenerse allí. El oasis no dispone de ninguna otra atracción. Por lo general, los días transcurren aquí uniformes e iguales, en consonancia con la monotonía del clima del desierto: siempre brilla el mismo sol, incandescente y solitario en un cielo petrificado y sin una nube.
Al ver las luces, todavía distantes, los árabes empezaron a intercambiar observaciones. Yo no comprendía ni una sola palabra de su lengua. A lo mejor se decían: Bueno, ¡por fin! ¡Por fin aparece! ¡La espera ha dado sus frutos!
Habría sido una buena recompensa por largos días de espera, por la paciencia de mantener la vista clavada en un horizonte inmóvil y muerto en el que hacía tiempo no aparecía ningún cuerpo en movimiento, ninguna cosa viva que llamase la atención y nos arrancase del tedio de aquella desoladora espera. A decir verdad, el paso de un camión -los turismos resultan demasiado frágiles como para meterse por estos parajes- tampoco cambiaba nada en la vida de estos hombres. Los camiones no solían detenerse más que por unos minutos y se marchaban enseguida. Y, sin embargo, incluso una parada tan breve para ellos era sumamente necesaria e importante: introducía un elemento de diversión en su vida, proporcionaba un tema para conversaciones ulteriores y, sobre todo, constituía una prueba material de la existencia de un mundo diferente y una afirmación alentadora de que ese mundo, al enviarles una señal mecánica, tenía que saber que ellos estaban allí.

Fragmento de «Ébano», por Ryszard Kapuściński. Anagrama.

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