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«Guerra y paz», por León Tolstói. El Aleph Editores.

16/07/2012

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 —¡Empecemos, Sonia!— dijo en voz alta, y se colocó en medio de la sala, donde suponía que la oirían.
Con la cabeza erguida y los brazos abandonados, como una danzarina, Natasha, andando de puntillas, pasó con decisión hasta el centro de la sala, donde se detuvo.
“¡Así soy yo!”, parecía decir, contestando a las extasiadas miradas de Denísov.
“¿A qué viene tanta alegría?— pensó Nikolái mirando a su hermana. —¿Cómo no se aburre ni se avergüenza?” Natasha comenzó a cantar; su garganta se dilató, enderezó el pecho y sus ojos adquirieron una expresión seria. En ese instante no pensaba en nadie ni en nada; su voz brotaba de la boca sonriente en una cascada de sonidos que cualquiera puede repetir mil veces de la misma manera dejándonos indiferentes, pero que, de improviso, a la mil y una nos hacen estremecer y llorar.
Aquel invierno Natasha había comenzado a cantar seriamente, sobre todo porque a Denísov le entusiasmaba su voz. Ya no cantaba como una niña; ya no había en su canto la aplicación infantil y cómica de antes; pero aún no cantaba bien, según opinaban los entendidos que la escuchaban: “Una voz muy bella, pero no educada todavía, debe educarla”, decían. Mas lo decían, habitualmente, mucho después de que hubiera callado. Mientras sonaba la voz no educada, con aspiraciones a destiempo, compases forzados, los entendidos nada decían, limitándose a disfrutar de la voz no educada y deseando escucharla de nuevo. Había en ella una pureza primitiva, la ignorancia de las propias posibilidades y un timbre aterciopelado, no cultivado, que se aliaba con los defectos en el arte de cantar aparentemente imposibles de corregir sin echarlo todo a perder.
“¿Qué pasa? —pensó Nikolái al oír la voz de su hermana, abriendo ampliamente los ojos—. ¿Qué le sucede? ¡Cómo canta hoy!”. Y en un momento, el mundo pareció concentrarse para él en la espera de la nota siguiente, de la frase siguiente, todo en el mundo estaba dividido en tres tiempos: “Oh mio crudele affetto”, …uno dos, tres…
“Oh mio crudele affetto”, uno, dos, tres… “Qué estúpida vida nuestra —pensó Nikolái—. La desgracia, el dinero, Dólojov, la ira, el honor… todo eso no es nada… La verdad es esto… ¡Bien, Natasha! ¡Bien, querida!… ¿Cómo dará este sí? Ya lo dio, ¡gracias a Dios! —y sin darse cuenta de que estaba cantando para reforzar el sí, entonó la segunda y la tercia de la nota alta—. ¡Dios mío, qué bien! ¿Será posible que yo lo haya conseguido? ¡Magnífico!”
¡Cómo vibró aquella tecla, despertando en el alma de Rostov lo mejor que había en ella! Era algo independiente y superior a todo cuanto existía en el mundo. ¿Qué importaban ahora las pérdidas en el juego, Dólojov y la palabra de honor?… Todo son pequeñeces. Se puede matar, se puede robar y seguir siendo igualmente feliz…

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 Fragmento de la novela «Guerra y paz», escrita por León Tolstói. El Aleph Editores.

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