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«Los enamoramientos», por Javier Marías. Alfaguara.

18/06/2012

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los enamoramientos javier marias

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Fue entonces cuando decidí acercarme a ella. Ya habían desaparecido los niños en el antiguo automóvil del padre, se había quedado sola, no estaba con ninguna compañera de trabajo ni madre del colegio ni amiga. Daba vueltas con la cucharilla larga y pringosa a los restos de helado que se había dejado el hijo pequeño en su copa, como si quisiera hacerlos líquido al instante sin pensar en lo que hacía, acelerar el que iba a ser su destino en todo caso. ‘Cuántos ratos eternos tendrá en que no sabrá cómo ayudar a avanzar el tiempo’, pensé, ‘si es que se trata de eso, que no creo. Se espera a que transcurra el tiempo en la ausencia pasajera del otro —del marido, del amante—, y en la indefinida, y en la que no es definitiva pese a tener pinta de serlo y a que nos lo susurre persistente el instinto, al que decimos: “Calla, calla, apaga esa voz, todavía no quiero oírte, aún me faltan las fuerzas, no estoy lista”. Cuando uno ha sido abandonado, se puede fantasear con un retorno, con que al abandonador se le hará la luz un día y volverá a nuestra almohada, incluso si sabemos que ya nos ha sustituido y que está enfrascado en otra mujer, en otra historia, y que sólo va a acordarse de nosotras si de pronto le va mal en la nueva, o si insistimos y nos hacemos presentes contra su voluntad e intentamos preocuparlo o ablandarlo o darle lástima o vengarnos, hacerle sentir que nunca se librará de nosotras del todo, que no queremos ser un recuerdo menguante sino una sombra inamovible que lo va a rondar y acechar siempre; y hacerle la vida imposible, y en realidad hacerlo odiarnos. En cambio no se puede fantasear con un muerto, a no ser que perdamos el juicio, hay quienes eligen perderlo, aunque sea transitoriamente, quienes consienten en ello mientras logran convencerse de que lo sucedido ha sucedido, lo inverosímil y aun lo imposible, lo que ni siquiera cabía en el cálculo de probabilidades por el que nos regimos para levantarnos a diario sin que una nube plomiza y siniestra nos inste a cerrar los ojos de nuevo, pensando: “Bah, si estamos todos condenados. En realidad no vale la pena. Hagamos lo que hagamos, estaremos sólo esperando; como muertos de permiso, según dijo una vez alguien”. No me pega, sin embargo, que Luisa haya perdido así el juicio, no es más que una intuición, no la conozco. Y si no lo ha perdido, entonces qué aguarda, y cómo pasa las horas, los días, las semanas y los ya meses, con qué fin puede empujar el tiempo o huye de él y se sustrae, y de qué modo se lo aparta ahora mismo, en este instante. No sabe que yo voy a acercarme y a hablarle, como los camareros la última vez que la vi en este sitio, jamás la he visto en ningún otro. No sabe que voy a echarle una mano y a borrarle un par de minutos con mis convencionales palabras, quizá tres o cuatro a lo sumo si me contesta algo más que “Gracias”. Todavía le quedarán centenares hasta que venga en su socorro el sueño y le enturbie la conciencia que cuenta, la conciencia es la que va siempre contando: uno, dos, tres y cuatro; cinco, seis, y siete y ocho, y así indefinidamente sin pausa hasta que deja de haber conciencia.

Fragmento de la novela «Los enamoramientos», de Javier Marías. Publica Alfaguara.

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